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Mon Restaurante

Barba ha abierto su restaurante en un momento difícil. No obstante, tiene armas más que suficientes para imponerse a la crisis. Una de ellas es el resultado de su formación: Escola d’Hostaleria de Girona, Celler de Can Roca, Racó de Can Fabes… para acabar dirigiendo durante años el restaurante Acontraluz. En un espacio dividido en dos niveles, pequeño, manejable para un equipo reducido, el chef plantea una carta corta, rica en sabores y económica. Así, mi primer contacto con este novísimo establecimiento ha sido a partir de una tapa a base de un boquerón con tomate confitado y tomillo –pura esencia mediterránea–, para pasar a un rollo de salmón, un canelón que cubre un puré de berenjenas con un agradable toque ahumado, de escalibada. Ha seguido un plato muy acertado, la terrina tibia de cap i pota y butifarra con guarnición de escarola, ajustada en todas sus proporciones, incluido el cordón de salsa de pimiento dulce (cuesta 11 euros). Tras esta buena sorpresa, he probado otro plato bien concebido, unos salmonetes con romesco de erizos, algas salteadas, es decir, lechuga de mar y arroz envuelto en alga nori, a la japonesa. A destacar los puntos de sal y acidez, más el aporte del romesco al pescado. No es un plato de improvisación, sino el de un chef con buen paladar. La buena escuela también se aprecia en el cordero con aromas, en el que el concepto coca de recapte tradicional se introduce en el abanico de gustos. Primero esta coca, presentada en quenelle, sorprende, luego agrada. Entre los postres, la sopa merengada de leche de soja queda por debajo de la mousse de coco con sorbete de lichy. Un postre que cuesta 6 euros. El servicio, profesional y atento, realza el interés de un restaurante que hay que conocer. POR MIQUEL SEN