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  • Dunluce Castle (Carrick-a-Rede)
11/07/2013

Belfast y la costa norte

Belfast es un destino atípico. Con muy poca publicidad fuera de las fronteras irlandesas, resulta ser una pequeña ciudad maravillosa, con una vibrante vida cultural y mucho ambiente nocturno.

Texto: Virginia Arroyo

 

 

Recomendado para: amantes de la naturaleza y la cultura celta; escapada cultural y de ocio. 

Meses para viajar: entre marzo y octubre.

Presupuesto: 312 € (excluye vuelo, incluye alojamiento en el Tara Lodge y coche de alquiler). 

Duración: 4 días.

 

 

BELFAST

 

Belfast es un destino atípico. Con muy poca publicidad fuera de las fronteras irlandesas, resulta ser una pequeña ciudad maravillosa, con una vibrante vida cultural y mucho ambiente nocturno. Su horizonte lo definen el City Hall a la sombra de The Wheel, la noria que inspiró el London Eye, y las mastodónticas grúas gemelas amarillas de Harland & Wolff, la compañía que construyó el Titanic. Curioso elogio de un fracaso. Y no es el único, ya que la historia de la ciudad se erige, como sabrán, sobre derrotas, conflictos y violencia. Prueba de ello son los Peace Walls, que separan a católicos y protestantes, y que muestran pinturas de alto contenido satírico y político. Existen 'black cabs' que por un módico precio te pasean por la zona a salvo de miradas desafiantes y con chófers la mar de simpáticos encantados de contarte la historia detrás de cada pintada. Mucho más crudos son los murales de Derry, escenario del trágico "Bloody Sunday"

 

Pero volvamos a Belfast, porque, a pesar de que el ambiente alrededor de la Peace Line puede resultar un tanto hostil (imaginen a un extraño hurgando en sus heridas y fotografiándose con ellas), sus gentes son de lo más acogedoras. Yo estuve viviendo en Belfast durante 4 meses con una beca Leonardo e hice allí amigos para toda la vida. Solía ir cada día a comer al Charlie’s Coffee Shop y me hice íntima amiga de sus camareros Karen y Gerry. Este último resultó ser el vocalista de una de las bandas más importantes del país, A Plastic Rose, a la que seguí por varias salas de la ciudad como el Black Box, Spring & Airbrake, Limelight o Students’ Union, situado en uno de los edificios de la Queen’s University. Con otros amigables desconocidos acabé tomando unas pintas y escuchando música celta en el John Hewitt Bar para luego acabar bailando los hits indie del momento en el Lavery’s. De día se puede callejear hasta la torcida pero imponente torre del Albert’s Clock, degustar el excelente pescado del Ginger’s o el cordero cocinado durante 24 horas en el Shu (2 estrellas Michelín), encontrar los nueve gatos ocultos en el Belfast Castle, curiosear el género en el St. George’s Market, pasear por los Botanic Gardens… Belfast tiene mil rincones encantadores y sólo es una de las paradas imprescindibles en un viaje a Irlanda del Norte. 

 

 

GIANT'S CAUSEWAY Y LA COSTA NORTE

 

Pero si lo que queremos es naturaleza salvaje, sin duda uno de los parajes más impresionantes del país es el Giant’s Causeway, 100 kilómetros al norte de la capital. Cuenta la leyenda que el gigante irlandés Finn MacCool decidió construir una calzada de 120 km que lo llevara a la isla de Staffa en Escocia para poder desafiar a su némesis, el gigante Benandonner. La mujer de MacCool, al ver el tamaño de su enemigo, escondió a su marido en una cuna. Así, al alcanzar tierra norirlandesa, el gigante escocés imaginó que si el bebé MacCool era tan inmenso, ¿cómo iba a ser capaz de vencer a su padre? Y huyó despavorido con tal fuerza que a su paso fue rompiendo la calzada que unía los dos países, confiriéndole a sus piedras esa característica forma hexagonal.

 

Mitología aparte, no recomiendo hacer el trayecto hacia el Giant’s a pie por el Portstewart’s Cliff Path, a no ser que queráis someteros, después de dos horas y tres transbordos, a una serie de calamidades entre las que se cuentan: granizo, perderse, lluvia torrencial, perderse más todavía, viento helador azotándote la cara mojada, pelearte con ovejas, atravesar granjas y allanar propiedades privadas en un intento de volver a encontrar el camino de los acantilados, desear la muerte y que, con suerte, la tormenta cese y, cual epifanía, aparezca un pastor que os señale a lo lejos el Giant’s Causeway. Vivir los acantilados así es de cuadro de Friedrich, pero, vamos, que yo me decantaría por alguna de las otras dos opciones: coche o excursión en autocar.

 

El Allen’s Tour Bus te lleva por 16 libras desde el centro de Belfast al Giant’s Causeway Site, con paradas interesantes como Carrickfergus, con su castillo normando a orillas del Belfast Lough, o el Carrick-a-Rede, un puente de cuerda que une dos acantilados y se alza a 30 metros del mar ofreciendo unas vistas de la Rathlin Island que dejan sin aliento. En cualquier caso, también se pueden hacer estas paradas con un coche de alquiler, siempre y cuando te atrevas a conducir por la izquierda, lo que te da mucha más movilidad para recorrer los preciosos parajes de la Costa Norte. En coche se llega a uno de los puntos más interesantes del sur, cerca de la frontera con Irlanda: Newcastle. El mayor encanto de este pueblecito costero, cuyo castillo fue derruido en el siglo XIX, es su paseo marítimo, flanqueado por casas de veraneo y presidido por las majestuosas Mourne Mountains. Este rango de montañas, el más alto de todo el país, bien vale una excursión, con parada previa en el Tollymore Forest Park, para disfrutar de un día en plena naturaleza. Ideal para hacer un pícnic a la orilla del río y darle el guiño bucólico a nuestra escapada norirlandesa.